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sábado, 10 de julio de 2010

LOS MUERTOS NO MUEREN (USA, 1990)

Título original: Dead Men Don't Die. Director: Malcolm Marmorstein. Intérpretes: Elliott Gould (Barry), Melissa Sue Anderson (Dulcie), Mark Moses (Jordan), Philip Bruns (Nolan), Mabel King (Chafuka), Jack Betts (Cavanaugh), Robert Covarrubias (Carlos), Robert Dryer (Mungo), George 'Buck' Flower (Wino), Andee Gray (Isadora), Judy Kain (Margo), Stanley Kamel (Archie). Duración: 94 minutos.
Síntomas: Un famoso presentador de televisión descubre el paradero de un almacén de drogas en el mismo edificio donde está ubicado su canal de tv. A su vez, este es descubierto por los traficantes, que lo matan para evitar su testimonio. Pero el presentador será revivido por medio del vudú por una limpiadora aprendiz de hechicera. Ahora toca vengarse de los criminales.

Diagnóstico: Seguimos a vueltas con el tema zombi, esta vez con una semi desconocida comedia para todos los públicos y, por tanto, sin rastro alguno de vísceras. Y es que el subgénero zombi ha estado por extrañas razones muy ligado siempre a la comedia. Quizá nos sea necesario desdramatizar el asunto de la muerte o la remota posibilidad de que un cadáver pueda volver a la vida para sorpresa de los presentes vivos. El caso es que ya en 1941 con la simpática pero insustancial King of the zombies  la trama se suavizaba con la presencia del cómico de color Mantan Moreland y sus histriónicas caras puestas al servicio en más de una comedia de terror. Desde entonces, como digo, la comedia ha visitado a los zombis en bastantes ocasiones y esta tendencia se ha acrecentado en los últimos años en la seguridad de que sangre y risas son una buena combinación para la taquilla.

En el momento de la aparición de este modesto film el género zombi vivía los últimos estertores de una época dorada experimentada durante los años 70-80. Precisamente en los últimos años habían surgido algunas comedias de temática zombi y que lograron un relativo éxito: Re-animator, El regreso de los muertos vivientes, Estamos muertos... ¿o qué? y un largo etc.

Los muertos no andan se adscribe a esta última corriente y si merece su entrada en esta Casa de locos es principalmente por tratarse de una de las más (justamente) desconocidas. De hecho, en España nos llegó directamente en video, sin que tenga constancia de su estreno en salas de cine. Discretísima como comedia, nula como portadora de alguna novedad relativa al mito zombi, la película cuenta como principal rubro con la presencia de un Elliott Gould que ya había entrado en franca decadencia, como demuestra su participación en este film.

Guionista televisivo, Malcolm Marmorstein, hace aquí su primera (y penúltima) intrusión en labores de dirección, siendo incapaz de sacar un mínimo partido a un argumento ciertamente prometedor para una comedia de tintes fantásticos. Cuando comienza este título, nos las prometemos felices por el aire desenfadado que proyecta y un ritmo bastante dinámico. Sorprendentemente, y a partir del asesinato de Elliot Gould, el director se limita a hacer corretear estúpidamente a todos sus personajes por los pasillos y salas de un edificio sin que la trama avance lo más mínimo y repitiendo una y otra vez los mismos gags de dudosa gracia además.

Marmorstein, también guionista de la cinta como digo, dilapida toda posibilidad ácida que pueda tener la historia: un personaje televisivo convertido en muerto viviente que siga ejerciendo su influencia en un público aborregado, el poder zombificador que ejercen determinados programas sensacionalistas... Nada de eso. El guión entra de lleno en esa molesta creencia de que en una comedia los personajes (y no las situaciones) deben resultar estúpidos, sin caer en la cuenta que con esta premisa lo único que se logra así es divertir a un público estúpido. Y ese es el mayor lastre de toda la cinta. No llega a irritar (es demasiado frugal para eso) pero desde luego tampoco a provocar el más mínimo esbozo de sonrisa, a pesar de que su parte final deriva en pura astracanada, resultándonos difícil al finalizar su hora y media de metraje, destacar un sólo momento verdaderamente afortunado (si acaso el momento de la resurrección de Gould, instante que muestro en el video más abajo, por si alguien se quiere ahorrar el resto). Por el lado fantástico el balance es aún más descorazonador, la aparición de los muertos vivientes aquí es meramente circunstancial y podrían muy bien haber sido sustituidos por cualquier otra ocurrencia, pudiéndonos consolar solamente con algún que otro guiño para el aficionado (como la aparición del detective con un look clavadito al de Kolchack, el famoso periodista de lo paranormal que protagonizó una serie del mismo nombre en la década de los 70).

El reparto es lo único que puede depararnos alguna sorpresa, destacando, como digo el protagonismo de Elliot Gould, ya lejanos los años en los que protagonizó para Robert Altman importantes títulos como El largo adiós (donde encarnaba a un solvente Phillip Marlowe) o M.A.S.H. Junto a él encontramos un reparto eminentemente televisivo con algunas caras conocidas como la guapa Melisa Sue Anderson (la hija mayor de los Ingalls en La Casa de la pradera, qué tiempos aquellos) o Stanley Kamel, recientemente fallecido y al que se recordará por interpretar al psiquiatra de infinita paciencia que trata en su consulta al detective Monk. Y apunte para cinéfilos, el director de la cadena de Tv está interpretado por Jack Betts, magnífico característico que protagonizó varios spaguettis western de éxito (fue Django o Sartana en varios títulos) con el nombre de Hunt Powers. Otros lo recordarán por la breve pero estupenda caracterización que hizo de Boris Karloff (con el que guarda un asombroso parecido) en la exitosa Dioses y Monstruos.

En definitiva, como ya digo, una rareza destinada una vez más a completistas de la temática zombi (esta vez en versión caribeña) que puede acompañar una tarde calurosa de este verano siempre que venga acompañada de una bebida bien fría y abundante "snack".

Ni siquiera con vudú pudo Gould resucitar su carrera

No puede perdérsela: El aficionado a la comedia fantástica de risa fácil.
Abstenerse: El fan de Elliot Gould (si queda alguno ya).

lunes, 28 de junio de 2010

EL PANTANO DE LOS CUERVOS (España-Ecuador, 1974)

Dirección: Manuel Caño. Intérpretes: Ramiro Oliveros (Dr. Frosta), Fernando Sancho (Inspector de policía), Marcia Bichette (Simone), Gaspar Bacigallipi, César Carmigniani, Melba Centeno, Bill Harrison, Mónica Jurado, Antonia Mas, Marcos Molina, Marcos Navas 'Cartucho', Domingo Valdivieso, Fabiola Vallejo. Duración: 85 minutos.

La filmografía zombi en el fantástico español está plagada de ejemplos desde el momento en que el terror dejó de ser un tema tabú y comenzaron a florar títulos de un modo imparable. Si bien es verdad que en este sentido los italianos siempre nos han llevado la delantera no menos cierto es que escarbando en la filmografía patria encontramos algunos films realmente interesantes sobre el tema tanto en su vertiente "Romero" esto es, muertos que se arrastran por el mundo sin otro objetivo aparente que el de saciar su apetito de carne humana, como en su concepción haitiana (personas aparentemente muertas que a través de la magia negra o el vudú se convierten en esclavos de otra voluntad). En el primer caso tenemos el orgullo de contar con el que probablemente supone la mejor consecuencia del clásico del George A. Romero. Nos referimos, por supuesto a No profanar el sueño de los muertos  donde Jorge Grau crea una obra estimable, técnicamente impecable que sólo se ve perjudicada por la insulsa pareja protagonista (en contraposición con el gran Arthur Kennedy) y un coyuntural y extremadamente simplista discurso ecologista. En su vertiente más romántica tenemos La orgía de los muertos  que, pese a carecer lamentablemente de orgía alguna, ofrecía un interesante "remenber" del tema de los zombis como esclavos sin voluntad al servicio de un hacendado de malévolas intenciones, cuyo referente inmediato sería la simpática "La plaga de los zombis" cocinada en la factoría Hammer apenas unos pocos años antes.

Fuera de estos títulos, un torrente de films mucho más cochambrosos realizados siempre bajo el signo de la urgencia, con más entusiasmo que talento (a veces sin lo uno ni lo otro) y que sólo pueden defenderse bajo argumentos nostálgicos o sociológicos. Títulos como "La rebelión de las muertas", "El espanto surge de la tumba" o la más tardía "La invasión de los zombis atómicos" son perfectos ejemplos de un cine subdesarrollado, realizado deprisa y corriendo y animado únicamente por las interesantes taquillas que conseguía cualquier disparate realizado al uso.

En un término medio, sin llegar a la calidad de los dos primeros films comentados pero con suficientes puntos de interés como para salvarlo de la "quema" (en la misma medida en que Amadis de Gaula o Tirante el blanco se salvaron de la hoguera alimentada por los numerosos libros de caballería de Don Alonso Quijano) aparece este pequeño, extraño y desconocido film en coproducción con Ecuador. Por estar olvidado, ni siquiera aparece en ninguna de las dos antologías más conocidas de Jesús Palacios sobre el tema (Planeta Zombi y Goremanía) o la de "Mad doctors" de aquella mítica editorial Midons que en los años 90 se dedicó a publicar unos interesantes diccionarios de temática fantástica y/o terrorífica. Y sólo en las indispensables (por concienzudas) Cine fastástico y de terror español: 1900-1983  orquestada por Carlos Aguilar y el número de la revista Quatermass 4-5  dedicado al Cine Fantástico Español aparece mencionada, eso sí, sin ofrecer mayores comentarios al respecto.

Así, no es de extrañar que hoy día pase desapercibido un título que podría ser considerado justamente como una versión apócrifa del relato de Lovecraft "Herbert West, reanimador" cuya existencia, a buen seguro conocía el siempre oportunista Santiago Moncada, guionista del film que nos ocupa. Del relato original mantiene varios aspectos básicos como la teoría del doctor (que aquí atiende al nombre algo risible de Frosta) de que es posible recuperar para la vida un cadáver siempre que esté suficientemente fresco a través de un suero que se inyecta directamente en la sangre o el desprecio que por sus teorías recibe de toda la comunidad científica obligándole a convertirse cuasi en un proscrito, cambiando de residencia y nombre continuamente hasta dar con sus huesos en una remota zona de Ecuador donde puede continuar sus "experimentos" con relativa tranquilidad. Junto a estas premisas tomadas directamente del relato de Lovecraft, sus responsables incluyen un "amour fou" que dará lugar a algunas situaciones necrófilas sorprendentes por su valiente escabrosidad. Incluso el uso de la música resulta extrañamente disonante (esa acaramelada canción dedicada a un cadáver) confiriendo a todo el conjunto un estilo psicotrópico, una vocación de film onírico de qualité que ya vislumbramos en la escena pre-créditos en la que el Dr. Frosta se enfrenta al juicio sumarial de sus compañeros por sus actividades de dudosa moralidad y en la cual el protagonista aparece recortado sobre un fondo negro escuchando los distintos sonidos y voces que delatan la presencia de un tribunal que jamás vemos.

Dirigida por el otrora productor Manuel Caño (director así mismo de otra rareza, Vudú sangriento , que comparte más de un punto en común con este título) y pese a su desmembrada (válgame aquí el adjetivo mejor que nunca) estructura narrativa, El pantano de los cuervos supone una modesta pero curiosísima aportación al género zombi, y sigue siendo sorprendente que no cuente con mayores adeptos habida cuenta de la truculencia de sus efectos especiales cuyos resultados se ven potenciados por una fotografía y puesta en escena deliberadamente feístas y por unas inquietantes localizaciones comprendidas en zonas rurales de Ecuador (especial mención a ese pantano que da el título al film, auténtica fosa común para los despojos de los experimentos fallidos del "Mad doctor", observatorio desde el cual los muertos vigilan los movimientos del protagonista en unos desasosegantes planos que ya justificarían por sí solos el visionado de la cinta).  De este modo, todavía hoy impresiona el inusitado realismo de la secuencia de la autopsia a una de las víctimas, (escena que alimenta una leyenda negra sobre la autenticidad o no del cadáver que aparece en pantalla) y la atmósfera malsana que la cinta recrea en cada uno de los fotogramas del film,

¿Autopsia real o Fx de primera?

El Dr. Frosta está protagonizado por el gris e inexpresivo Ramiro Oliveros, actor que gozó de gran popularidad hasta su inevitable eclipse a partir de mediados de los 80. Junto a él destaca el gran Fernando Sancho que interpreta a un inspector de policía conservador, machista y sardónico, capaz de desayunar tranquilamente frente a la mano amputada de una víctima y de lanzar cualquier chascarrillo irreverente durante la realización una autopsia. Resulta curioso que ambas personalidades, la del doctor y la del policía, afecten al mismo ritmo narrativo del film, melifluo y plomizo en las escenas de Oliveros, con nervio y un agradable tono de euro-thriller en aquellas escenas en las que aparece el chistoso policía y su asistente.

Si bien es del todo verdad que El pantano de los cuervos está lejos de ser un buen film (de hecho sus carencias son mayores que sus virtudes) sí supone una curiosa aportación al fantástico hispano en general y al género de zombis en particular, un toque de atención entre la morralla que nos ofrece el mare magnum de títulos fantásticos en España a lo largo de la década de los setenta. Así que sólo me queda esperar que disfrutéis de este título y recomendar, si alguien se queda con más "hambre" de muertos vivientes,  el blog del buen compañero Alimaña , saco sin fondo de títulos donde, de un modo u otro aparecen estos macabros personajes instigadores de los más sombríos miedos y pesadillas desde que Bela Lugosi los despertara allá por 1932 en la entrañable y pionera White Zombie .

El Pantano y sus macabros inquilinos

No puede perdérsela: Todo completista de la filmografía de estos muertos vivientes.
Abstenerse: El que espere ver una de zombis a lo Fulci.